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Alfonso Primero de Navarra y Aragón reinó durante los años 1104 y 1134

El insólito testamento de Alfonso I «el Batallador»

Alfonso I de Navarra y Aragón falleció en el año 1134, dejando un incipiente reino que años después se convertiría en la Corona de Aragón. El conquistador de la ciudad de Zaragoza no tuvo hijos, por lo que su sucesor natural parecía ser su hermano menor, Ramiro. Pero «el Batallador» sorprendió a todos con un testamento que, aunque a la postre no fue respetado, sí tuvo una importante repercusión

El 7 de septiembre del año 1134 murió Alfonso I de Navarra y Aragón a causa de las heridas recibidas varios meses atrás, durante el sitio de la ciudad andalusí de Medina Afraga (Fraga, Huesca), posiblemente la primera y única derrota en campo de batalla que sufrió durante toda su azarosa vida. A los 61 años de edad dejaba tras de sí un reino navarro-aragonés bastante más extenso del que había heredado 30 años antes, cuando su hermano Pedro I moría en similares circunstancias, sin dejar descendencia.  

Alfonso ha pasado a la historia como «El Batallador», un sobrenombre que describe su reinado a la perfección. Guerreó contra musulmanes y cristianos, en Castilla, en Galicia, en Cataluña, en Valencia y al norte de los Pirineos. Incluso llegó a adentrarse en pleno corazón de al-Ándalus, al sur de Sierra Morena. Gracias a un conveniente matrimonio con Urraca I de León, reina de Galicia, y heredera de León y Castilla,  Alfonso estuvo a punto de protagonizar la unificación de todos los territorios cristianos de la Península Ibérica (a excepción de los condados de Barcelona y Portucalense), adelantándose más de tres siglos a los Reyes Católicos. Pero esta fue una vía que acabó derivando en una continua sucesión de guerras civiles que asolaron los reinos noroccidentales, hasta bastantes años después de la anulación de dicho matrimonio (1114). 

 
Estatua de Alfonso I El Batallador en Zaragoza

Desde antes de ceñirse la corona, Alfonso fue partícipe de importantes logros militares, como la toma de Huesca en el año 1096 bajo el reinado de su hermano, que dos años antes había costado la vida de su padre, el rey Sancho Ramírez. A partir de su llegada al trono en el año 1104, El Batallador encadenó una serie de victorias bélicas que le permitieron conquistar localidades como Tauste, Sádaba, Fitero o Ejea de los Caballeros, entre otras. Aunque fue en 1118 cuando alcanzó su conquista más trascendental, la toma de Saraqusta.  

Zaragoza había sido hasta entonces uno de los más importantes reinos taifas de al-Ándalus, actuando como dique de contención ante la expansión aragonesa hacia el oeste y el sur del río Ebro. La importancia del enclave era tal que su toma había llegado a ser predicada como «cruzada» en ciudades europeas como Clermont-Ferrand, gracias a lo cual Alfonso pudo contar con el apoyo de numerosos caballeros franceses. Tras la toma de la que sería a la postre capital del reino, Aragón pudo expandir sus territorios, llegando más allá de los límites de la provincia de Teruel. «Desde Belorado hasta Pallars y desde Bayona hasta Monreal [del Campo]». Estos eran, afirmaba el propio monarca, los límites de su reino: De oeste a este, entre las actuales provincias de Burgos y Lleida; y de norte a sur, desde los Pirineos franceses hasta 125 kilómetros más allá de Zaragoza.   

Un testamento insólito

Tres años antes de su muerte, durante el asedio a la ciudad de Bayona (1131), fue cuando Alfonso El Batallador hizo su insólito testamento. No tenía descendientes, por lo que lo habitual en este caso hubiera sido que declarara sucesor a su hermano menor, Ramiro. Exactamente la misma fórmula sucesoria por la que él llegó al trono. Pero el Batallador decidió optar por otra solución, declarando como herederos a las órdenes militares del Templo de Salomón, Malta y Santo Sepulcro de Jerusalén:

Para después de mi muerte, dejo heredero y sucesor al Sepulcro del Señor, que está en Jerusalén, y a aquellos que cuidan y custodian y sirven a Dios; y al Hospital de los Pobres, que está en Jerusalén; y al templo de Salomón, con los caballeros que cuidan de defender el nombre de la cristiandad. A estos tres concedo todo mi reino [...] para que ellos lo tengan y posean por tres terceras partes iguales. 

 Así, los reinos de Navarra y Aragón quedarían en manos de templarios, sanjuanistas y caballeros del Santo Sepulcro. Una decisión que no parece que fuera fruto de una ocurrencia pasajera, ya que El Batallador renovó este testamento tres días antes de fallecer, en presencia de los miembros de su Corte, quienes aún tenían la esperanza de que su rey entrase en razón. Aunque a día de hoy dichas órdenes de monjes soldados son tan conocidas que forman parte de nuestro imaginario colectivo, lo cierto es que en aquella época apenas acababan de surgir, por lo que el contenido del testamento de Alfonso I  tuvo que ser para sus contemporáneos incluso más insólito. Fundada en 1120, el reconocimiento oficial de la Orden del Temple por parte de la Iglesia se había producido tan sólo dos años antes de que Alfonso I decidiera legarles un tercio de todo su reino (concilio de Troyes de 1129). Las otras dos órdenes, aunque creadas varias décadas antes durante el contexto de la Primera Cruzada (1098-99), se habían circunscrito al ámbito de Tierra Santa, por lo que su presencia en tierras del Occidente Mediterráneo era prácticamente nula.

  Los únicos precedentes a la decisión de Alfonso I los encontramos en la concesión al Temple del castillo de Soure (Coimbra) por parte de Teresa de Portugal, la del castillo de Barberá por parte del conde Armengol VI de Urgel y, especialmente, la del castillo de Granyena por parte del conde de Barcelona, Ramón Berenguer III, quien además había ingresado en la orden como caballero templario. Pero la decisión del rey navarro-aragonés iba mucho más allá de una concesión puntual a cambio de contar con el apoyo de la novedosa Militia Christi frente a la amenaza que representaba el poderoso vecino del sur.

Aparte de la cuestionada legalidad del contenido del testamento, en la práctica su ejecución parecía imposible. Las órdenes no contaban con la implantación necesaria para hacerse cargo de sus heredades y, esto es lo más importante, la nobleza no estaba dispuesta a perder sus privilegios en favor de unos monjes guerreros llegados del lejano oriente. Los navarros aprovecharon la circunstancia para recuperar su independencia de Aragón, coronando a un nieto del Cid Campeador y miembro de su antigua dinastía real,  García Ramírez, señor de Monzón, «el Restaurador». La nobleza aragonesa hizo lo mismo con el hermano menor del difunto Alfonso, quien tras colgar los hábitos (era obispo de Roda-Barbastro) fue coronado en Jaca como Ramiro II de Aragón. Se consumaba así la ruptura definitiva entre los reinos de Navarra y Aragón, una unión que apenas había durado 50 años.

Pero el Vaticano no estaba dispuesto a dejar escapar tan suculento regalo. Fruto de sus presiones Aragón acabó aceptando en 1143 un leonino concordato con la Santa Sede por el que se comprometía a ceder a la órdenes "desheredadas" múltiples enclaves, la exención de determinados impuestos y el compromiso de cederles la quinta parte de todos los territorios conquistados a los musulmanes, así como un diezmo del reino. Este acuerdo fue refrendado por el papa Adriano IV en el año 1157, exactamente cuando comenzaba el reinado de la hija de Ramiro II, Petronila de Aragón. Ella y su esposo, Berenguer IV de Barcelona, eran padres del que sería el primer monarca de la Corona de Aragón, Alfonso II. 

Y no fue una coincidencia. En casos de litigio, el Vaticano es casi siempre el rival más duro. Aprovechando el testamento insólito de Alfonso I el Batallador, la Iglesia se aseguró de que la Militia Christi llegara a detentar un poder inusitado en los territorios de la Corona de Aragón. Un poder que se multiplicó tras las conquistas de Mallorca y Valencia, algo que les reportó importantísimas concesiones de bienes, tierras y derechos (la Orden de los Templarios llegó a administrar hasta 36 encomiendas). 

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