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Quince años antes de llegar a las costas de América, Colón realizó otro viaje que le llevo más allá de toda tierra conocida.

El otro viaje de Cristóbal Colón

Cristóbal Colón es sin duda el explorador más famoso de la Historia, tanto que su nombre es sinónimo de descubridor. Pero su célebre epopeya de 1492 no fue el primer viaje que le llevó más allá de los límites del mundo conocido. Quince años antes protagonizó un periplo por tierras boreales que a la postre ayudó a fraguar en él la idea de que era posible llegar a Asia a través de la ruta atlántica

 

Monumento a Cristóbal Colón ubicado en los jardines exteriores del Monasterio de La Rábida, Huelva. Inaugurado en el año 2006 con motivo del 500 aniversario de su fallecimiento, representa a un joven Colón.

Era el 12 de octubre del año 1492 cuando el vigía de la carabela la PintaRodrigo de Triana, lanzó uno de los exabruptos que más repercusión ha tenido en toda la Historia. Aquel grito de ¡Tierra! parecía ser la consumación de un sueño, la confirmación de un hecho que hacía ya mucho tiempo que sospechaban (o sabían) no pocos estudiosos y marineros: Por supuesto que la Tierra era redonda y claro que se podía llegar a las Indias a través del Atlántico. Que la circunferencia ecuatorial de nuestro planeta fuese un 25% más grande de lo esperado ya es otro cantar, por no decir que había todo un continente allí en medio. Aunque Colón muriese empecinado en la idea de haber sido el primero en llegar a Asia a través de Occidente, lo cierto es que acabó descubriendo América. Y sí, que los americanos también descubrieron a los europeos, para desgracia de muchísimos millones de ellos, pero esa es otra historia.

Por muy trascendental que fuese este viaje, lo cierto es que no era la primera vez que Cristóbal Colón lograba llegar hasta tierras ignotas. Varios años antes de la archiconocida epopeya de la Pinta, la Niña y la Santa María, el  (presunto) genovés realizó un viaje que le llevó más allá de toda tierra conocida. Un viaje a otro confín del mundo que, es muy posible, le diese más de una pista sobre lo que podía encontrar si seguía navegando hacia la puesta de Sol.

Eran los primeros días del año 1477 cuando un joven apellidado Colón (eso sí, aceptamos "joven" con una horquilla de 15 años arriba o abajo) partía rumbo a tierras boreales como miembro de una expedición organizada por una compañía genovesa. Con salida desde el puerto de Lisboa aquel viaje tenía como punto de destino la remota isla de Tule, que era como se conocía a Islandia por aquellos entonces. Tras realizar escalas en el puerto inglés de Brístol y en el irlandés de Galway, Colón y sus compañeros continuaron su viaje hasta las remotas costas islandesas, en otras palabras, hacia el último límite septentrional de toda tierra conocida.

«Creo que debe ser Cipango, según las señas que dan esta gente»
Colón refiréndose a los cubanos

El famoso navegante dejó constancia de los pormenores de este viaje en una de las muchas cartas que envió a los Reyes Católicos, así como en notas escritas en las páginas de un libro de su propiedad, un ejemplar del Historia rerum ubique gestarum locorumque descriptio, obra de un autor llamado Eneas Silvio Piccolomini. Dicho libro es más conocido como el  Cosmographia, y el tal Piccolomini como Papa Pío II, ahí es nada. No parece que sea fruto de la casualidad que uno de los mayores exploradores de la Historia tuviese en su poder uno de los principales compendios de conocimientos geográficos de su época, al menos en la esfera europea, que recuperaba para la modernidad los conocimientos del mayor geógrafo del período Clásico, Ptolomeo

Si tomamos como ciertas las afirmaciones que Colón realiza en estos textos aquel periplo no finalizó en Islandia. La expedición continuó navegando hacia el norte por lo menos cien leguas, es decir, unos 557 kilómetros más allá de toda tierra o mar conocidos. Los motivos que les impulsaron a seguir tan hacia el norte no los conocemos, tampoco si buscaban algo. Si acaso no era un mero afán de ir más allá, que el tan cacareado Plus Ultra seguro que le debe más a Cristóbal Colón que a Carlos V, por muy emperador que fuese este último. Sea como fuere, el hecho es que esta fue la otra vez que Colón viajó allende toda tierra conocida, adentrándose en territorio inexplorado. Quince años de llegar hasta las costas de la isla de Guanahani, a partir de entonces San Salvador. 

Recopilando pruebas

Colón cuenta que los islandeses le hablaron de la existencia de tierras al oeste de sus costas, aunque es más que probable que ya supiese de Groenlandia antes de arribar a Islandia: Los primeros colonos nórdicos del "País Verde" hacía ya mucho que habían perdido todo contacto con la metrópoli Noruega, tanto que sus asentamientos habían hasta desaparecido, pero el hecho es que Groenlandia no había caído completamente en el olvido de cartógrafos y geógrafos europeos. Y si algo está cada día más claro sobre la biografía de Colón son sus profundos conocimientos en tales materias. 

De todas formas, las evidencias más sorprendentes no las halló en Islandia, sino en la irlandesa Galway, como cuenta el mismísimo Colón: «Hombres de Catayo (China) vinieron al oriente. Nosotros hemos visto muchas cosas notables y sobre todo en Galway, en Irlanda, un hombre y una mujer [tallados] en unos leños arrastrados por la tempestad de forma admirable».  

Es difícil ponderar la importancia que tuvo esta epopeya por tierras boreales para el que a la postre sería el mayor descubrimiento de la Historia. Si ni tan siquiera se conoce a ciencia cierta el año ni el lugar de nacimiento de Colón, mucho menos llegaremos a saber qué inquietudes rondaban por su cabeza en el año 1477.  Pero según lo que cuenta el propio navegante, a lo largo de este viaje recopiló una serie de evidencias y testimonios que contribuyeron a forjar en él (o fortalecer) la idea de que la empresa de llegar a las costas de Asia por el oeste era más que factible. Lo de América, como decíamos más arriba, un error de cálculo sin apenas  importancia, nótese la ironía. 

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