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La extinción masiva del Pérmico-Triásico, ocurrida hace unos 250 millones de años, acabó con aproximadamente el 95% de todas las especies marinas y terrestres

"La Gran Mortandad", cuando la vida en la Tierra casi dejó de existir

Hace aproximadamente 250 millones de años se produjo el mayor cataclismo que ha sufrido la vida en nuestro planeta. Una catástrofe de dimensiones planetarias que provocó la extinción masiva del 95% de todas las especies animales y vegetales, tanto marinas como terrestres. Son varias las posibles causas que pudieron provocar el mayor evento de extinción jamás producido. Cuando la vida casi murió.

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La vida en la Tierra tiene una antigüedad de al menos 3.500 millones de años (evidencias halladas en rocas de la isla Akila de Groenlandia remontarían su origen a 3.800 millones). Un largo periodo de tiempo que comprende la mayor parte de la historia geológica de nuestro planeta, que tiene unos 4.470 millones de años. En otras palabras, la vida en la Tierra es casi tan antigua como el propio planeta. Una carrera de fondo que comenzó con la aparición de las primeras bacterias y arqueas (precursoras de la oxigenación de nuestra atmósfera), tuvo su momento estelar hace unos 542 millones de años durante la "Explosión Cámbrica" y que, afortunadamente, llega hasta nuestros días.

La carrera evolutiva ha sufrido una serie de momentos críticos en los que, en "apenas" unos cientos de miles de años (incluso menos), desapareció buena parte de la fauna y la flora existentes. Son las conocidas como Extinciones Masivas, de las que al menos hay documentadas cinco (algunos autores elevan esta cifra a seis), todas ellas producidas durante el Eón Fanerozoico, que comprende desde la ya citada Explosión Cámbrica hasta el presente, es decir, durante los últimos 542 millones de años.

De estas extinciones masivas sin duda la más conocida es la última de ellas, la Extinción de Cretácico-Paleógeno, que se produjo hace unos 65 millones de años y que provocó la extinción terminal del 60% de todas las especies del planeta, incluyendo a los amonites, los reptiles voladores (pterosaurios), así como la mayor parte de los reptiles acuáticos. También, por supuesto, se llevó por delante a los célebres dinosaurios.

 
Fondo marino durante el Periodo Pérmico (280-245 millones de años)
• Universidad de Michigan  

Pero incluso la enorme popularidad de los grandes saurios pierde vigor ante el que ha sido el mayor evento de extinción masiva al que se ha enfrentado la vida en el planeta Tierra, la Extinción del Pérmico-Triásico, tristemente conocida como La Gran Mortandad. Una catástrofe de dimensiones difícilmente imaginables que arrasó con casi la totalidad de la biodiversidad hace aproximadamente unos 251 millones de años. En menos de un millón de años desapareció el 96% de las especies marinas, así como el 70% de las terrestres, incluyendo a plantas, insectos y animales vertebrados. Una hecatombe a la que tan sólo sobrevivió una de cada veinte de las especies existentes al finales del periodo Pérmico. 

El título de esta entrada incluye una afirmación en apariencia grandilocuente, "cuando la vida en la Tierra casi dejó de existir", pero os prometemos que no estamos recurriendo al sensacionalismo ni a la exageración. Para imaginar la faz de nuestro planeta tras este evento de extinción masiva debemos recurrir a escenarios sugeridos por los autores de ciencia ficción postapocalíptica, en sus variantes más febriles y pesimistas, incluyendo lluvias de ácido sulfúrico y mares teñidos de rojo. Y es posible que aún nos quedemos cortos. 3500 millones de años son prueba suficiente para atestiguar la enorme resiliencia que caracteriza a nuestra biosfera. La vida ha demostrado que es capaz de adaptarse para sobrevivir a los peores escenarios y este fue el más inhóspito de todos. También el que más le costó superar.

Durante un largo periodo de tiempo nuestro planeta fue un páramo casi carente de vida, tanto en las profundidades marinas como en la superficie terrestre, un planeta casi muerto en el que tan sólo proliferaban sus representantes más duros, los hongos. En palabras del paleontólogo Peter Ward, profesor de la Universidad de Washington y uno de los que mejor conoce La Gran Mortandad, "al final del Pérmico virtualmente no podías ver nada vivo". 

Un apocalipsis que contrasta sobremanera con la boyante biodiversidad que poblaba nuestro planeta justo antes del catastrófico evento. Un ecosistema terrestre dominado por gigantescos reptiles de la familia de los terápsidos como los  gorgonópsidos, temibles depredadores que es muy posible que sean nuestros antepasados; o los escutosaurios, pacíficos herbívoros emparentados con las actuales tortugas. En los ecosistemas marinos aún sobrevivían los últimos trilobites, unos artrópodos que durante 300 millones de años lograron superar al menos tres eventos de extinción masiva. Hasta que La Gran Mortandad acabó con ellos, como con el 95% de todas las especies animales y vegetales del planeta. Las terroríficas cifras que arroja la Extinción del Pérmico-Triásico hacen difícil enumerar las especies que se extinguieron, especialmente en el mar, origen de la vida. Tanto es así que se estima desaparecieron más de la mitad de las familias biológicas y aproximadamente el 85% de los géneros marinos.

Un crimen con más de un sospechoso

Las causas que protagonizaron el evento ligado a la extinción (ELE) del Pérmico-Triásico no están en absoluto resueltas. Diferentes estudios apuntan a diversas causas, como erupciones volcánicas en cadena a lo largo del planeta, aunque puede que dichas erupciones se concentren en una zona muy concreta, como apuntó en los años 90 del pasado siglo el geólogo y profesor de la Universidad de París Vincent Courtillon: los "Traps Siberianos" o "Escaleras Siberianas". Se trata de una enorme región de roca volcánica (basalto) cuya superficie actual es la equivalente a toda Europa Occidental (unos dos millones de Km) y que pudo tener una extensión original de hasta siete millones de Km

Otra vez nos resultará difícil imaginar un torrente de lava basáltica de 200.000 Km brotando de la tierra durante varios millones de años. "Una erupción volcánica diez mil veces mayor que la que el hombre haya visto jamás", como la describe Courtillon. Para realizar sus cálculos Courtillon se basó en una inundación basáltica mucho menor, ocurrida en Islandia durante el año 1783. El mismísimo Benjamin Franklin llamó a 1784 como "el año sin verano". El por entonces embajador estadounidense en París describió cómo aquella erupción oscureció los cielos, arruinando cosechas a lo largo de toda Europa. Basándose en los registros documentados de dicho evento, Vincent Courtillon estimó que el Trap Siberiano pudo producir un invierno nuclear en todo el planeta durante décadas, seguido por un rápido calentamiento global debido al incremento de gases de efecto invernadero en la atmósfera.     

Pero hay otros geólogos que no están de acuerdo con las hipótesis de Coutillon, como es el caso del ya citado Peter Ward. Tras analizar el Trap Siberiano, el estadounidense calculó que las emisiones de dióxido de carbono de tan impresionante evento geológico apenas pudieron calentar la temperatura del planeta unos cinco grados centígrados, y eso en el peor de los escenarios. Un cambio climático capaz de acabar con un gran número de especies, pero difícilmente con el 95% de todas ellas a lo largo y ancho del planeta.

Y es aquí donde entra en escena nuestro sospechoso habitual, el meteorito. En el caso del ELE que provocó la extinción de los dinosaurios hace 65 millones de años todo apunta (y es algo prácticamente aceptado) al impacto de un gran meteorito de diez kilómetros de diámetro, localizado al norte de la península de Yucatán: El cráter de Chicxulub tiene nada menos que 180 kilómetros de diámetro. Por tanto podemos afirmar que esta hipótesis trasciende por mucho el ámbito de la Ciencia Ficción. El temor de los habitantes de cierta aldea gala a que el cielo caiga sobre nuestras cabezas tiene, como vemos, una sólida base empírica. 

El profesor de la Universidad de Nueva York Michael Rampino, tras analizar diversos sedimentos rocosos en los Alpes, llegó a una controvertida conclusión: la Gran Mortandad se produjo en un periodo de apenas  8000-10.000 años, de una forma mucho más rápida y traumática de lo que se creía. Para justificar este escenario Rampino necesitaba un cataclismo astronómico, esto es, un meteorito. Pero dicho meteorito debía ser, estimó Rampino, al menos un 50% mayor que el que acabó con los dinosaurios. Y algo así debe dejar huella, en forma de cráter y también de una insuitada presencia de iridio en los estratos geológicos correspondientes, como ocurre en el caso del "asesino de dinosaurios" de hace 65 millones de años (y que dio lugar a la conocida como Hipótesis de Álvarez).

Al no hallarse rastro de una cosa ni de la otra, la posibilidad del impacto de un meteorito como causante de la Gran Mortandad fue perdiendo vigor, a medida que acumulaba detractores. Pero esta situación cambió en el año 2006, cuando la NASA realizó un descubrimiento sorprendente en la costa oriental de la Antártida, en la conocida como Tierra de Wilkes. Bajo su capa de hielo, los satélites de la agencia espacial norteamericana detectaron un enorme cráter de nada menos que 480 kilómetros de diámetro, provocado por el impacto de un meteorito de unos 50 kilómetros. Una cifra que superaba por mucho las estimaciones de Rampino. Y sí, este catastrófico impacto se produjo concretamente hace 250 millones de años.

Aunque este descubrimiento no debe interpretarse como "una pistola humeante", en absoluto. También durante la última década del siglo XX el geólogo británico Paul Wignall descubrió en Groenlandia capas de roca del periodo Pérmico de varios metros de espesor, que le permitieron encontrar evidencias que ponían en duda las conclusiones a las que llegó Rampino tras sus análisis de los sedimentos alpinos: La extinción masiva se produjo en un período de al menos 80.000 años, periodo diez veces superior al estimado por el estadounidense, que además estaba dividido en tres fases distintas en las que parece se extinguieron distintas especies, de forma selectiva. Algo que parece desdibujar la posibilidad de un evento puntual como es el impacto de un meteorito. Los estudios de Wignall en Groenlandia también aportaron un dato a la postre bastante esclarecedor, la elevada presencia de carbono-12, síntoma de "escapes" de hidrato de metano. 

Pero ¿de dónde pudo provenir tal cantidad de metano? Todo apunta a los enormes depósitos de este peligroso gas de efecto invernadero que se encuentran congelados en los fondos oceánicos. Tan sólo necesitan un incremento de cinco grados centígrados de la temperatura del agua para evaporarse y salir a la superficie. Un escenario que se complementa perfectamente con la hipótesis del Trap Siberiano, aun dando como buenas las estimaciones a la baja de Peter Ward. Pero incluso es posible que, completando el círculo de tan catastrófico escenario, la actividad volcánica que provocó el incremento de cinco grados en la temperatura del mar que provocó el derretimiento de las rocas de metano fuese a su vez producto del impacto de un enorme meteorito. Toda una cadena de calamidades que, en conjunto, puede que expliquen el porqué de tan horrible extinción masiva. 

Ya fuese por el resultado de un evento cataclísmico o de la conjunción de todos ellos, el hecho es que hace 250 millones de años la vida en la Tierra casi dejó de existir. Por suerte para nosotros la vida es muy tozuda y, si encuentra un resquicio, es seguro que se aferrará a él. Por eso es que casi dejó de existir, pero aquí estamos, aunque ya no haya trilobites en el mar.  Otra cosa bien distinta es que estemos actualmente en plena Sexta (o Séptima) Extinción Masiva, esta vez provocada por la acción humana. Por cierto, los fondos marinos a día de hoy siguen alojando grandes sedimentos de metano congelado y la temperatura del mar crece alarmantemente. 

No olvidemos que, aunque la vida intentará por todos los medios seguir adelante, no dudará un instante en cambiar de actores, como tantas veces ha hecho ya. Para ella somos totalmente prescindibles, especialmente si nos empeñamos con tanto ahínco en serlo.

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